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Una Tierra de Misterio - I

Una Visión de las Civilizaciones Antiguas
de los Andes, de América Central y de Norteamérica
 
 
Helena P. Blavatsky
 
 
 
La Puerta del Sol, en Bolivia
 
 
 
Nota Editorial:
 
 
“En los párrafos finales de la parte IV (…)
 H.P.B. escribe acerca del proceso periódico
de pérdida de memoria histórica por parte de
la humanidad, durante los cataclismos geológicos
regulados por el Karma humano y planetario.”
 
 
 
Este texto fue traducido del libreto “A Land of Mystery”, de Helena Petrovna Blavatsky     (Theosophy  Company, Los Angeles, 38 pp.).
 
La traducción inicial, publicada bajo el título de “Una Tierra Misteriosa”, fue realizada por asociados norte-americanos de la Logia Unida de Teósofos. Ese mismo texto publicamos a seguir, revisado. Algunas notas fueron acrecentadas. Todas ellas van al final de cada una de las cuatro partes en que hemos dividido ese texto (siguiendo la manera como fue publicado inicialmente). Las notas de HPB están señaladas como tal, una a una. Nuestras notas, a su vez, van señaladas con las letras  “CCA”, entre paréntesis.
 
Aunque revisando la traducción con base en la edición en inglés de la Theosophy Co., hemos comparado el texto, cuando necesario, también con el original de las cuatro ediciones de la revista en que fue publicado inicialmente (“The Theosophist”, en 1880), y con la versión de los “Collected Writings” de H.P. Blavatsky (vol. II).
 
El texto tiene especial interés para los ciudadanos  del siglo 21 como reflexión sobre los ciclos de la evolución humana a lo largo de las diferentes civilizaciones.
 
En los párrafos finales de la parte IV, por ejemplo, H.P.B. escribe acerca del proceso periódico de pérdida de memoria histórica por parte de la humanidad, durante los cataclismos geológicos regulados por el Karma humano y planetario. Eso es algo a ser pensado y llevado en cuenta por el movimiento teosófico del siglo 21.
 
(Carlos Cardoso Aveline)
 
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Prefacio de la Edición en Inglés
 
A lo largo de su trabajo público para el Movimiento Teosófico, que se extendió  por casi 16 años, H. P. Blavatsky desarrolló un tema continuo: la grandeza de las civilizaciones antiguas, que a menudo se ha oscurecido de la percepción actual, haciéndola casi desconocida para el hombre moderno. Su primera obra, “Isis sin Velo”, rebosa de indicios referentes al esplendor filosófico del pensamiento antiguo y en el Prefacio, H.P.B. declaró que se esmeraría para restaurar “a un pasado despojado, ese crédito que se merece por sus realizaciones, cuyo olvido se ha extendido por un lapso excesivo.”
 
Como consecuencia natural, después de la fundación de la revista “Theosophist”, publicada en la India a partir de Octubre de 1879, H.P.B. empezó a considerar el pasado, penetrando en áreas de búsqueda caídas en el descuido. Aunque el “Theosophist” se dedicaba, principalmente, a la exploración del sentido de la antigua filosofía hindú y la divulgación de los Objetivos de la Sociedad Teosófica en estos términos, la serie de artículos titulados “Una Tierra Misteriosa” se propuso, claramente, amparar el punto de vista cuya presentación sistemática apareció algunos años después en “La Doctrina Secreta.” Esto es: en los continentes perdidos, existían civilizaciones arcaicas que alcanzaron cumbres elevadas en las artes y las ciencias. Según se supone, esta es la única explicación posible para dilucidar las culturas que sobrevivieron en el Nuevo Mundo.
 
Esta serie consta de cuatro artículos que se publicaron en el “Theosophist” de Marzo, Abril, Junio y Agosto de 1880. En el párrafo de apertura del primero, H.P.B. aclara su propósito de mostrar como el desdén europeo había conducido a una ignorancia casi completa de las maravillas de las artes y arquitectura precolombinas, tanto en América del Sur como del Norte. Según ella indica, los templos, los palacios y las ciudades peruanas y mexicanas son comparables a las antigüedades egipcias y revelan, también, un terreno común acerca del simbolismo y del significado monumental. H.P.B. reunió muchas pruebas a fin de sugerir una antigüedad inmensa con respecto a estos vestigios arqueológicos. Además, señaló que los nativos de estas tierras, durante el período de la conquista de Cortés y Pizarro, no habían sido los artífices de muchas de las estupendas estructuras que aún perduran; ya que eran el trabajo de razas muy anteriores. Encontró, también, ciertas correspondencias, “puntos extraordinarios de similitud”, entre las religiones de la antigua América y las del Oriente.
 
En el primer artículo, considera la solución platónica de un continente perdido para explicar estas similitudes. En el segundo artículo escribe:
 
“Nosotros, los europeos, estamos apenas emergiendo del fondo de un nuevo ciclo y nos encontramos en el arco ascendente, mientras los asiáticos, especialmente los hindúes, son los restos supervivientes de naciones que poblaban el mundo en los ciclos anteriores. Ningún ser humano presente puede decidir si los arios surgieron de los americanos arcaicos o si éstos de los arios prehistóricos. Sin embargo, es más fácil probar que contradecir, que en algún tiempo debía existir una relación íntima entre los arios antiguos, los habitantes prehistóricos americanos, cualquiera que sea su nombre, y los antiguos egipcios. Probablemente, si alguna vez tal relación fue una realidad, debe haberse entablado en un tiempo durante el cual el Atlántico no dividía a los dos hemisferios como ocurre actualmente.”
 
Los cuatro artículos en cuestión están llenos de descripciones detalladas de los viajeros, los exploradores y las opiniones de los eruditos. Todos ellos sirven a la escritora para indicar la conclusión según la cual la teoría de los ciclos “es la única plausible para explicar los grandes problemas de la humanidad, el ascenso y el descenso de innumerables naciones y razas y sus diferencias etnológicas.” En la última sección, H.P.B. propone lo siguiente: “Deben existir ciclos biológicos, físicos, intelectuales y espirituales. Tanto los globos y los planetas, como las razas y las naciones, nacen para crecer, adelantar, declinar y morir.” Según ella, lo mismo debe ocurrir con los continentes.
 
Al final del cuarto artículo, H.P.B. publica una carta con algunos comentarios de un lector hindú y su respuesta. El corresponsal rechaza “la antigua teoría de la conexión por tierra” entre los continentes actuales y menciona las teorías de las migraciones por mar. H.P.B. responde con facundia, sugiriendo una variedad de pruebas en favor de la existencia de la Atlántida y la Lemúria, debido a las creencias religiosas y las usanzas comunes.
 
Este material encierra una utilidad filosófica práctica, que se proponía erosionar la complacencia fanática de la civilización Occidental y amenazar a la suposición casi universalmente aceptada, según la cual, antes del Cristianismo no había existido ninguna religión elevada y, hasta el advenimiento de la física y de la tecnología modernas, no resaltaba ningún alcance científico significante. Poner tal suposición en entredicho fue un paso necesario para obtener una audiencia imparcial en favor de la Religión-Sabiduría que la señora Blavatsky vino a registrar nuevamente.
 
(Los Editores de la Edición Norte-Americana)
 
 
Una Tierra de Misterio
 
Helena P. Blavatsky
 
 
I
 
Al observar las ruinas imponentes de Memphis o Palmira, al encontrarse cara a cara con la gran pirámide de Ghiza, al recorrer el Nilo o al abstraerse en la desolada firmeza de la misteriosa Petra, que por un amplio lapso se creyó perdida, se llega a la conclusión de que, a pesar del origen vago y nebuloso de estas reliquias históricas, se disciernen ciertos fragmentos que proporcionan una base sólida sobre la cual elaborar algunas conjeturas. No obstante la densidad de la cortina tras de la cual se esconde la historia de estas antigüedades, existen hendiduras esporádicas a través de las cuales uno vislumbra luz. Conocemos a los descendientes de los constructores. También estamos familiarizados, aunque superficialmente, con la historia de las naciones cuyos vestigios nos rodean. Sin embargo, no ocurre lo mismo con las antigüedades del Nuevo Mundo de las dos Américas.
 
A lo largo de la costa peruana, en el Istmo, en toda Norteamérica, en los cañones de las Cordilleras, en los desfiladeros infranqueables de los Andes y especialmente más allá del valle mexicano, yacen las ruinas desoladas de centenares de ciudades en un tiempo poderosas, que han caído en el olvido de la memoria humana junto a su nombre. Sepultadas en densas selvas, soterradas en valles inaccesibles; a veces bajo muchos metros de tierra, desde el día de su descubrimiento hasta la fecha, continúan siendo un acertijo para la ciencia, eludiendo toda investigación. Su silencio es más impenetrable que el de la Esfinge egipcia. No sabemos absolutamente nada acerca de América antes de la conquista. No ha sobrevivido ningún tipo de crónica, ni siquiera relativamente moderna. [1] Aún entre los nativos, no existen tradiciones tocantes a sus eventos pasados.[2]  Desconocemos estas razas que construyeron tales estructuras ciclópicas, así como ignoramos el culto extraño que inspiró a los escultores antediluvianos, los cuales tallaron, a lo largo de centenares de millas de muralla, monumentos, monolitos y altares, jeroglíficos insólitos, compuestos por grupos de animales y hombres. Son las imágenes de una vida desconocida y de un arte perdido. Escenas, a veces, tan fantásticas y atípicas que, involuntariamente, sugieren la idea de un sueño febril, cuya fantasmagoría, por el simple gesto de la poderosa mano de un mago, repentinamente se cristalizó en el granito, dejando para siempre atónita a la posteridad. Aún en los albores del siglo XIX, se desconocía el caudal de tales antigüedades. Desde el principio, los celos pueriles y sospechosos de los españoles construyeron una suerte de muralla china entre sus posesiones americanas y el viajero investigador. Además, la ignorancia y el fanatismo de los conquistadores y su desinterés por todo, exceptuando la satisfacción de su codicia insaciable, obstruyeron la búsqueda científica. Desde hace mucho tiempo, se desacreditaron los relatos entusiastas acerca del esplendor de los templos, los palacios y las ciudades de México y Perú, redactados por Cortés y su ejército de facinerosos y curas y de Pizarro con su séquito de ladrones y monjes.
 
El doctor Robertson, en su “Historia de América”, se limita simplemente a informar a su lector que las casas de los mexicanos antiguos “eran simples cabañas de hierbas, fango o las ramas de los árboles, como las de los indios más retrógrados.” [3]  Además, amparándose en el testimonio de algunos españoles, se atrevió a decir que “en la amplia extensión de este gran imperio” no había “¡ni siquiera, un sólo monumento o vestigio de alguna edificación que antecediera la conquista!” Al gran Alexander Humboldt le correspondió reivindicar la verdad. En 1803, este viajero eminente y erudito iluminó el mundo de la arqueología con un nuevo haz de luz, demostrando ser, afortunadamente, el pionero de los descubrimientos futuros. Describió Mitla, el Valle de los Muertos, Xoxichalco y el gran templo piramidal de Cholula. Después de él vinieron Stephens, Catherwood y Squier, mientras en Perú trabajaban D’Orbigny y el doctor Tschuddi. Desde entonces, numerosos viajeros afluyeron a estos sitios, dándonos detalles minuciosos acerca de las vastas antigüedades. Sin embargo, nadie sabe cuántas más se quedan inexploradas y aún desconocidas.
 
En lo que concierne a los edificios prehistóricos, Perú y México son comparables con Egipto. Se asemejan a la tierra de los faraones en la inmensidad de sus estructuras ciclópicas. Perú la supera en cantidad y Cholula rebasa a la gran pirámide de Cheops en anchura, si no en altura. Obras públicas, véase las murallas, las fortificaciones, las terrazas, los canales, los acueductos, los puentes, los templos, los cementerios, ciudades enteras y las calles exquisitamente pavimentadas, serpentean por centenares de millas en una línea ininterrumpida, cubriendo la tierra como si fueran una red. En la costa, las construcciones son de tabiques y en las montañas, de cal porfídica, granito y arenisca sílica. La historia no sabe nada de las largas generaciones de los artífices de estas obras y aún la tradición guarda silencio. Obviamente, una vegetación lozana ha cubierto la mayoría de estos restos líticos. Selvas enteras han surgido de los corazones rotos de las ciudades y, con algunas excepciones, todo está en ruina. Sin embargo, lo que permanece nos da un vislumbre de lo que en un tiempo existió.
 
Los historiadores españoles, con un desinterés muy impertinente, hacen remontar casi todas las ruinas a los Incas. Este es un gran error. Los jeroglíficos que, a veces, cubren íntegramente las murallas y los monolitos, siguen siendo siempre letra muerta para la ciencia moderna, así como lo eran para los Incas, cuya historia puede ser conocida hasta el siglo 11. Los Incas ignoraban el significado de estas inscripciones, atribuyéndolas todas a sus antepasados desconocidos, desacreditando la suposición según la cual descendían de los primeros seres que civilizaron su país. He aquí un resumen de la historia Inca.
 
Inca es el título Quechua para el jefe o emperador y el nombre de la raza o mejor dicho, la casta regente y más aristocrática de la tierra que gobernó por un período desconocido antes de la conquista española. Según algunos, su primera aparición de regiones desconocidas, se remonta al 1021 en Perú. Otras conjeturas los reconducen a cinco siglos después del “diluvio” bíblico, conforme a las nociones modestas de la teología cristiana. Sin embargo, esta última teoría se acerca a la verdad más que la otra. Los Incas, considerando sus privilegios exclusivos, su poder y su “infalibilidad”, son la contraparte antipodal de la casta brahmánica de la India. Análogamente a esta última, los Incas afirmaban descender directamente de la Deidad que, como en el caso de la dinastía Suryavansa de la India, era el Sol. Según la tradición única y general, en un tiempo la población completa del Nuevo Mundo de hoy estaba fragmentada en tribus independientes, beligerantes y bárbaras. Finalmente, la deidad “Superior”, el Sol, se enterneció y a fin de rescatar a esta gente de la ignorancia, envió sobre la tierra a sus dos hijos: Manco Capac y su hermana y mujer, Mama Ocollo Huaco, con la misión de instruir a los terrícolas. Otra vez, ellos son la contraparte andina  del Osiris egipcio y su hermana y mujer Isis, y también de los innumerables dioses, semidioses hindúes y sus cónyuges. Estos dos aparecieron en una isla hermosa en el lago Titicaca y se dirigieron hacia el norte, a Cuzco, que enseguida se convirtió en la capital de los Incas, donde empezaron a diseminar su civilización.
 
La pareja divina, reuniendo las varias razas peruanas, empezó a asignarles sus deberes. Manco Capac enseñó a los hombres la agricultura, la legislación, la arquitectura y las artes. Mama Ocollo instruyó a las mujeres a tejer, hilar, bordar y en los quehaceres domésticos. Los Incas afirman que descienden de esta pareja celestial. Sin embargo, ignoraban por completo quiénes fueron los artífices de las ciudades estupendas, ahora en ruinas, esparcidas en el área de su imperio, que entonces se extendía desde el Ecuador hasta  más de 37 grados de Latitud, incluyendo no sólo la vertiente occidental de los Andes, sino la cadena montañosa completa con sus faldas orientales hasta el río Amazonas y el Orinoco.
 
Como directos descendientes del Sol, eran exclusivamente los altos sacerdotes de la religión de estado y también los emperadores y los estadistas más importantes en la tierra. En virtud de esto, análogamente a los brahmanes, se otorgaron una superioridad divina sobre los mortales ordinarios, instituyendo, como los “nacidos dos veces”,  una casta exclusiva y aristocrática: la raza Inca. Todo Inca reinante, considerado un hijo del Sol, era un alto sacerdote, el oráculo, el caudillo en la guerra, un soberano absoluto, desempeñando el doble oficio de Papa y Rey, anticipando, por mucho tiempo, el sueño de los pontífices romanos. Sus órdenes se ejecutaban sin vacilar, su persona era sagrada y era el objeto de honores divinos. Los oficiales más importantes de la tierra no podían presentarse ante él con zapatos. La señal de respeto nos reconduce, nuevamente, a un origen oriental. Mientras el ritual de perforar las orejas de la prole de sangre real, insertando anillos dorados “cuyo tamaño se incrementaba a la par que adelantaban en el estado social, hasta que la extensión del cartílago se convertía en una deformación”, sugiere una semejanza extraña entre los retratos esculpidos de muchos de ellos en las ruinas más modernas y las imágenes de Buda y de algunas deidades y aún de nuestros petimetres contemporáneos de Siam, Burma y de la India meridional. Una vez más, haciendo eco a los días gloriosos del poder brámane en la India, nadie tenía el derecho de ser instruido o estudiar la religión, excepción hecha para la casta privilegiada Inca. Cuando el rey Inca fallecía o era víctima de un homicidio y “era llamado a casa, a la mansión de su padre”, durante la ceremonia de sus exequias se hacía morir con él un amplio número de sus servidores y consortes, como se ve también en los  antiguos registros anales de Rajasthán y hasta en la costumbre indiana recientemente abolida de Sutti. Al tener presente todo esto, el arqueólogo no puede satisfacerse con la breve observación de ciertos historiadores según los cuales “en esta tradición discernimos sólo otra versión de la historia de la civilización común a todas las naciones primitivas y el fraude de una relación celestial mediante la cual los gobernantes intrigantes y los sacerdotes astutos han tratado de asegurarse su ascendencia entre los hombres.” Por lo tanto, no es una explicación decir que “Manco Capac es la contraparte casi exacta del Fohi chino, del Buda hindú, del Osiris egipcio terrenal, del Quetzalcoatl mexicano y del Votan de América central”, ya que todo esto es muy evidente. Lo que queremos saber es cómo estas naciones, situadas en puntos opuestos de la tierra como India, Egipto y América, llegaron a tener puntos comunes extraordinarios, no sólo en sus prácticas religiosas generales y en sus ideas políticas y sociales; sino que, a veces, hasta en los detalles más diminutos. La tarea necesaria consiste en descubrir quién vino primero y en explicar cómo esta gente llegó a tener,  en los cuatro puntos cardinales de la tierra,  arquitectura y artes casi idénticas, a menos que, hubiera un tiempo durante el cual, según afirma Platón y más de un arqueólogo moderno cree, no se necesitaba ningún barco para tal viaje; pues los dos mundos formaban un sólo continente.
 
Según las investigaciones más recientes, sólo en los Andes existen cinco estilos arquitectónicos diferentes, de los cuales, el templo del Sol en Cuzco es el más moderno. Y ésta es, quizá, la única estructura relevante que, según los viajeros actuales, puede seguramente atribuirse a los Incas, cuyas glorias imperiales, según se estima, fueron el último brillo de una civilización remota. El Doctor E.R. Heath, de Kansas, en los Estados Unidos, piensa que:
 
“Mucho antes de Manco Capac, los Andes habían sido la morada de razas cuyos orígenes deben haber correspondido con el de los salvajes de Europa occidental. La arquitectura gigantesca indica una familia ciclópica, los fundadores del Templo de Babel y de las pirámides egipcias. El pergamino griego, encontrado en muchos sitios, se tomó prestado (?) de los egipcios. La manera de sepultar y preservar a sus fallecidos apunta a Egipto.”
 
Más tarde, este viajero erudito descubre que, según los craneólogos, los cráneos extraídos de los sitios de sepultura representan a tres razas distintas: los Chinchas, que se instalaron en la parte occidental de Perú: desde los Andes hasta el Pacífico; los Aymaras, los habitantes de las tierras altas de Perú y Bolivia, en la parte meridional de la orilla del lago Titicaca, y los Huancas, que “ocuparon la meseta entre las cadenas andinas, el lado norte del lago Titicaca, hasta el grado noveno de latitud sur.”
 
Para la arqueología es fatal confundir los edificios del período Inca en Perú, de Moctezuma y sus caciques en México, con los monumentos indígenas. Mientras Cholula, Uxmal, Quiché, Pachacamac y Chichen fueron preservadas y ocupadas perfectamente al momento de la invasión de los delincuentes españoles, existían centenares de vestigios de ciudades y obras que estaban en ruina aún en aquel entonces y cuyo origen los incas y los caciques conquistados ignoraban, así como nosotros. Innegablemente, eran los restos de una civilización desconocida y ahora extinta.
 
La exactitud de tal hipótesis es corroborada por la forma extraña de las cabezas y los perfiles de las figuras humanas sobre los monolitos de Copán. Al principio, la pronunciada diferencia entre los cráneos de estas razas y los de los indoeuropeos se atribuyó a los medios mecánicos que las madres usaron para dar una conformación particular a la cabeza de sus niños durante la infancia, así como ocurre en otras tribus y otras poblaciones. Sin embargo, como el mismo autor nos dice, el descubrimiento “de una momia conteniendo un feto de siete u ocho meses, con la conformación del cráneo, poniendo en duda  el fundamento de la hipótesis de los medios mecánicos.” Además de las hipótesis, tenemos una prueba científica e irrefutable según la cual, en un pasado remoto, en Perú debió haber existido una civilización. Si presentáramos un cierto número de millares de años, que probablemente transcurrieron desde entonces, sin aducir buenas razones para tal suposición, al lector se le podría cortar el resuello.  Hagamos un intento.
 
Hoy se tiene un buen conocimiento del guano (huano) peruano acumulado en las islas del Pacífico y en la costa sudamericana. Es el fertilizante precioso compuesto por los excrementos de las aves marinas, mezclado con sus cuerpos en descomposición, huevos, restos de foca, etc. Humboldt fue el primero que, en 1804, lo descubrió, dirigiendo la atención del mundo sobre el asunto. Mientras describe los depósitos que cubren las rocas de granito de Chincas y de otras islas, alcanzando la profundidad de decenas de metros, afirma que la acumulación de los 300 años anteriores, desde la conquista, habían formado sólo algunos centímetros de espesor. Por lo tanto, cuántos millares de años se necesitaron para constituir este depósito de varios metros, es una simple cuestión de cálculos.  A ese respecto, citaremos algo de un descubrimiento tratado en  “Peruvian Antiquities” (“Antigüedades Peruanas”). [4]  “En las islas Chinca, a una profundidad de una veintena de metros bajo tierra, se descubrieron ídolos de piedra y vasijas; mientras a una decena de metros se encontraron ídolos de madera.  Abajo del guano, en las islas Guanapi, al sur de Truxillo y Macabi al norte, se encontraron momias, pájaros, huevos de pájaros y ornamentos de oro y plata. En Macabi, los labriegos encontraron algunos grandes y valiosos vasos dorados que rompieron, repartiendo los fragmentos entre ellos, a pesar de que se les ofreció lo correspondiente al peso, en monedas de oro. Así, estas reliquias de gran interés para la ciencia se han perdido para siempre. Aquél que pueda determinar los siglos necesarios para que se deposite una veintena de metros de guano en estas islas, teniendo presente que desde la conquista, hace 300 años, no se ha notado ningún aumento apreciable en espesor, puede darnos una idea de la antigüedad de estas reliquias.”
 
Si nos atenemos a un cálculo estrictamente matemático, atribuyendo 12 líneas a cada pulgada [2.54 centímetros] y 12 pulgadas a un pie,  y asignando una línea a cada siglo, nos vemos obligados a aceptar que los artífices de estos vasos preciosos vivieron hace ¡864.000 años! Aún dejando un amplio margen de error y adjudicando dos líneas por cada siglo, llegamos a una civilización que existía hace 72.000 años, la cual es comparable y en algunas cosas superiores, a la nuestra, si consideramos sus obras públicas, la durabilidad de las construcciones y la grandiosidad de los edificios.
 
Teniendo ideas bien definidas sobre la periodicidad de los ciclos que incluyen al mundo, a las naciones, a los imperios y a las tribus, estamos convencidos de que nuestra civilización moderna es el alba más reciente de lo que ya se presenció un sinnúmero de veces en este planeta. Quizá no sea ciencia exacta, pero es una lógica inductiva y deductiva, que se basa en teorías menos hipotéticas y más tangibles que muchas otras teorías consideradas rigurosamente científicas. Usando las palabras del profesor T. E. Nipher de St. Louis, diremos: “no somos los amigos de la teoría, sino de la verdad.” Y hasta que ésta se encuentre, acogeremos toda nueva teoría, a pesar de su impopularidad al principio, no sea que rechacemos, en nuestra ignorancia, la piedra que, con el tiempo, pueda llegar a ser reconocida como la piedra angular de la verdad.  “Los errores de los científicos son innumerables, no porque son científicos, sino porque son seres humanos”, dice el mismo hombre de ciencia, y enseguida cita las nobles palabras de Faraday: “ejercer el juicio debería conducir, ocasional y frecuentemente, a una absoluta reserva. Suspender una conclusión puede resultar desagradable y una gran fatiga. Sin embargo, como no somos infalibles, deberíamos proceder con cautela.” (“Experimental Researches”, Serie 24.)
 
No es muy probable que se haya tratado de redactar un relato minucioso de las llamadas antigüedades americanas, con la excepción de algunas de las ruinas más prominentes. Sin embargo, para hacer  una comparación más relevante, tal trabajo sería absolutamente necesario. Para que algún día se pueda desenmarañar la historia de la religión, la mitología y, aún más importante, el origen, el desarrollo y la agrupación final de la especie humana, debemos confiar en la búsqueda arqueológica más que en las deducciones hipotéticas de la filología. Debemos empezar reuniendo las imágenes materiales del pensamiento antiguo, más elocuentes en su forma estacionaria que en la expresión verbal, la cual, en sus profusas interpretaciones, se presta fácilmente a ser distorsionada de mil maneras. Esto nos proporcionaría un indicio más fácil  y más fidedigno. Las sociedades arqueológicas deberían tener una enciclopedia entera con las reliquias del mundo, integrando las especulaciones más importantes sobre cada localidad.  A pesar de lo fantástico y lo absurdo que algunas de estas teorías pueden parecer a primera vista, cada una tiene una posibilidad de demostrarse útil en algún momento. A menudo, según Max Müller, es más beneficioso saber lo que una cosa no es que saber lo que es.
 
Tal objetivo es inalcanzable dentro de los límites de un artículo en nuestra revista. Sin embargo, valiéndonos de los relatos de los inspectores de gobierno,  los viajeros confiables,  los científicos y aún nuestra experiencia limitada, en los números futuros trataremos de presentar a nuestros lectores hindúes una idea general de estas antigüedades acerca de las cuales, posiblemente, jamás oyeron hablar. Nuestras informaciones más recientes se obtuvieron de fuentes confiables. El examen de las antigüedades peruanas se basa, principalmente, sobre la interesante relación del doctor Heath, que hemos mencionado anteriormente.
 
NOTAS:
 
[1] Ese texto de H.P.B. fue escrito en 1880.  En el siglo veinte fue rescatado y publicado el Manuscrito Huarochirí, o Waruchiri, una compilación hecha por Francisco Ávila cerca del año 1598.  Ver, por ejemplo, “The Huarochiri Manuscript - A Testament of Ancient and Colonial Andean Religion”, translation from the Quechua by Frank Salomon and George L. Urioste, University of Texas Press, Austin, USA, 1991, 273 pp. Y también “Mitos de Waruchiri”, textos incluidos en el volumen “Mitos, Leyendas y Cuentos de los Quechuas”, Jesús Lara, Editorial Los Amigos del Libro, La Paz /Cochabamba, Bolivia, 1987, 441 pp., ver pp. 74 y siguientes. Hay actualmente algunas otras fuentes sobre las creencias antiguas, precoloniales, de los pueblos andinos.  Véase por ejemplo “Inca Religion and Customs”, by Father Bernabe Cobo (University of Texas Press)  y los diversos cronistas coloniales, incluso Garcilaso de la Vega.  Sin embargo, las informaciones siguen escasas, especialmente sobre tiempos más antiguos que unos pocos siglos antes de la conquista española.  (CCA)
 
[2] Acá, H.P.B. se refiere al pasado más lejano. (CCA)
 
[3]  En ese punto, una nota de H.P.B. dice: “Véase ‘Central America’, de  Stephens.”  En la edición  de  los “Collected  Writings” de H.P.B., volumen II, Boris de Zirkoff da más detalles sobre la fuente de esta citación: “Véase la obra ‘Incidents of Travels in Central America, Chiapas and Yucatán’, de  J. L. Stephens,  décima-segunda edición, Londres, 1846, p. 97.” (CCA)
 
[4] Un texto publicado por el señor E.R. Heath, en la revista “Review of Science and Industry”, de la ciudad de Kansas, en noviembre de 1878. (Nota de H.P.B.)
 
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Vea en nuestros sitios web las partes II, III, y IV de “Una Tierra de Misterio”.

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En septiembre de 2016, luego de un cuidadoso análisis de la situación del movimiento esotérico internacional, un grupo de estudiantes decidió crear la Logia Independiente de Teósofos, que tiene como una de sus prioridades la construcción de un futuro mejor en las diversas dimensiones de la vida.
 
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El e-grupo E-Theosophy ofrece un estudio regular de la clásica, intercultural teosofía enseñada por Helena P. Blavatsky (foto).
 
 
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Una Tierra de Misterio - I




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